miércoles, 19 de octubre de 2016

cinco minutos en la guerrilla

Ahora que ya ha caído la noche en la trinchera hago recuento de las vidas que me quedan por cada vez que su sombra ha cortado la mía y me han salido cardenales, por las heridas de bala sin orificio de salida cuando las pupilas se solapaban (aunque fuera de reojo), por las veces en las que corta mi aire y me deja como si acabara de volver del campo de batalla.

Yo tengo el gatillo desgastado de dispararle a quemarropa y me he tragado alguno de mis dardos envenenados. A veces hasta accede a negociar y le cambio una prenda por dinamita más un beso por la cerilla que prende la mecha y la cuidad enmudece ante la violencia de la explosión. 

De vez en cuando incluso nos metemos debajo de la bandera blanca a cosernos las heridas con saliva, pero siempre acaba alcanzándonos alguna granada y la refriega vuelve a terminar con dos heridos graves en medio de fuegos artificiales que en realidad son lenguas de fuego derritiendo muros de diamante.

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