Yo tengo el gatillo desgastado de dispararle a quemarropa y me he tragado alguno de mis dardos envenenados. A veces hasta accede a negociar y le cambio una prenda por dinamita más un beso por la cerilla que prende la mecha y la cuidad enmudece ante la violencia de la explosión.
De vez en cuando incluso nos metemos debajo de la bandera blanca a cosernos las heridas con saliva, pero siempre acaba alcanzándonos alguna granada y la refriega vuelve a terminar con dos heridos graves en medio de fuegos artificiales que en realidad son lenguas de fuego derritiendo muros de diamante.