domingo, 30 de noviembre de 2014

Ángeles de la guarda. Qué alas...

Todos nos hemos encontrado perdidos en ocasiones. Como esas veces en las que cruzas una calle y no sabes por donde van a venir los coches. Perdidos, inseguros y también solos. Ahí es cuando entran en el juego esa gente. La gente-ancla. Los que te mantienen fijo a su lado para que no flotes a la deriva sin poder volver. Los mismos que delante tuya se muestran seguros y como hechos de hierro, aunque en el fondo son cobre líquido también. Una persona-ancla te recuerda a casa, te produce la "sensación de hogar". Ellos no se dan cuenta, pero hacen que recordemos la estufa encendida en contraste con el frío de afuera, el sabor del café caliente.
La mayoría no saben lo imprescindible que es su labor. Entonces a veces la descuidan. Nos sueltan la mano sin saber que yo sin ti no me encuentro. Y otra vez oscuridad, frío y peligro.
Tú que estás leyendo esto, despierta. Si crees que eres el ancla de alguien, procura no oxidarte nunca. Eres su llave de casa.
Yo sin ti no me encuentro
No me dejes sola, que no me imagino en la fosa, tan dentro.