jueves, 25 de junio de 2015

Sirenita de agua dulce.

Me gusta cuando te miro y me miras con una sonrisa en los ojos, nunca seria. A veces creo que serías una entre cien de las que siempre me creería, por muy sobrenatural que fuera mi historia. Y es que ahora encaja todo, porque un día leí que un verdadero amigo es alguien que te hace sentir como en casa. Con quien puedes poner los pies sobre la mesa y estirarte. Sé que tú vas a ser de aquellas con las que podría estar años sin hablar; cuando nos volviéramos a ver, todo sería igual que antes. Quiero que seamos como la plata que nunca envejece, ya sabes, como el ancla que nunca se oxida por mucho tiempo que pase bajo el agua.

Me gusta cuando tus palabras son como abrazos. Siempre sabes que decirme, y eso es bonito y tranquilizador a la vez. Es curioso como eres capaz de ver siempre lo mejor de mi, y como a veces pareces mi fan número uno, una enamorada de mis rarezas. Pero mejor ejemplo a seguir que tú no hay nadie. Eres el esfuerzo, la disciplina y la superación.

Y sobre todo me gusta cuando nos reímos a la par y tiembla la tierra. Cuando no me hace falta ni mirarte para entenderte y cuando descubro que te reconozco hasta con los ojos vendados.

Si ya eras la esposa del egocentrismo, ¿qué serás después de cruzarte con estas (muy sinceras) palabras? Siento halagarla en exceso, mi señora. Será la añoranza, que está causando estragos.

Grítame desde allí, que seguro que las almas aliadas pueden oírse a través de los kilómetros.

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